Reconocemos en la historia del Apostolado de la Oración el nacimiento de la
Cruzada Eucarística, que fue luego el Movimiento Eucarístico Juvenil. Identificamos
una base espiritual común que se mantiene hasta hoy. En ambos encontramos una
espiritualidad eucarística que invita a sus miembros a configurar la propia vida a la
vida y al Corazón de Jesús, orientada por un deseo misionero en la realidad
cotidiana y por el servicio a la Iglesia. Por esto entendemos el MEJ desde la RMOP.
Ofrecer sus vidas con generosidad y en docilidad al Espíritu, fue el modo como ellos
(los fundadores de este apostolado) se hacían disponibles a participar de la misión
de Cristo en su vida cotidiana. Servían a la Iglesia mediante su oración y una vida
fiel a lo que su estado pedía en ese momento: estudiar e intentar un camino de
santidad. Esta era su manera de servir y apoyar espiritualmente a la Iglesia de las
fronteras, a los misioneros, sosteniéndolos de forma efectiva.
Ensanchaban sus
horizontes y sus corazones a las dimensiones de la misión de la Iglesia universal.
Junto con hacerse más eclesiales, sus vidas y todo lo que vivían se hacía
apostólico.
La práctica concreta que expresaría esta misión era la oración de ofrecimiento del
día, al inicio de la jornada. Declaraban con ello su decisión y su disposición a que
todo el día fuera para el Señor. Hacer realidad las palabras de esta ofrenda se
convirtió en un bello desafío, que dio nuevo sentido a sus vidas, pues los animaba a
buscar y encontrar a Dios en todas las cosas, para en todo amar y servir. Las tareas
cotidianas de su vida de estudiantes estaban ahora llenas de la presencia de Dios,
de una nueva manera.
Al final del día, la oración del Examen recogía lo que Dios había hecho en sus vidas
a partir de lo ofrecido en la mañana. Estos dos momentos de oración, en la mañana
y en la noche, los hacían más disponibles a la acción de Dios en ellos durante el día
y más atentos a dejarse guiar por Él.
Los jóvenes jesuitas percibieron la unidad que había entre estas dos prácticas y la
celebración de la Eucaristía de cada día. En esta última reconocieron la misma
dinámica de recibir de Dios y entregar a Dios. Cristo se ofrecía al Padre y se daba a
ellos, arrastrándolos en su propio movimiento de ofrecer la vida. Había entre estos
tres momentos una coincidencia y una continuidad, pues las dos oraciones eran una
manera de vivir la Eucaristía durante el resto del día.

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